Seguimos en la etapa de «papá e hijo». Papá gobierno e hijo contribuyente a los que los tratan como a niños que no saben limpiarse la nariz . Nosotros pataleamos, hacemos el berrinche de rigor, pero al final se termina haciendo lo que ellos quieren. La transparencia en Pinamar es un eslogan y la tranquilidad de poder transitar normalmente es un lujo que no figura en ningún informe de prensa municipal.
Hay que reconocer el aguante que tenemos quienes aportamos con el pago de tasas, frente a la falta de respuesta de quienes gestionan este desastre con piel de amianto. Vienen, se sientan y ponen esa cara de póker con mezcla de «padre comprensivo» mientras te llenan la cara de cachetazos. Es el teatro de la paciencia: el vecino protesta, se desahoga, grita, saca afuera la frustración por tanta incompetencia. Total, ellos saben que la catarsis no jode. Pasa. Es cómo si enfrentaramos un peso pesado con guantes de lana. Quedamos atrapados en reclamos emocionales y nada más.
Te cuento que el presupuesto aprobado en Pinamar es de $75.951.000.000,00, un municipio de apenas 63 km2., con 40.259 habitantes según el último Censo Nacional 2022 del Indec, de los cuales un enorme porcentaje de partidas que contribuye no reside permanentemente en el distrito lo que debería facilitar la gestión, con un porcentaje de cobranza envidiable comparativamente con otros municipios de la provincia.
Finalmente la vacuidad de las Audiencias Públicas en la rendición cuentas intentando explicar cómo se gasta el dinero público, son una nota de color, un acting, como colorario y final de esta gran farsa. El guion es perfecto. Claro, imposible explicar el desmanejo de semejante cantidad de recursos que se dilapidan como si fuese su alcancía personal. Lástima por Pinamar y porque el papel de boludo nos toca a nosotros, los contribuyentes.