Este cambio demográfico también expresa una transformación cultural y una investigación reveló que el 78% de las personas en Argentina en edad de procrear considera que no todas las personas tienen intención de ser padres o madres, mientras que el 67% afirma que tener hijos dejó de ser un mandato.
“La familia no se ‘tiene’ sino que se planifica cuando hay varias cosas resueltas idealmente, o al menos algunas de ellas: trabajo, vivienda, estabilidad económica, deseo real versus mandato”, explicó Mariela Mociulsky, CEO de Trendsity, una reconocida consultora de innovación y tendencias.
Así, la maternidad deja de responder a un único guion y la decisión de tener hijos aparece cada vez más vinculada con las condiciones concretas de vida, pero también con la posibilidad de elegir cómo, cuándo y bajo qué circunstancias construir una familia.
La transformación de la maternidad convive, a su vez, con un fenómeno aparentemente contradictorio: mientras crecen los discursos vinculados con la autonomía, la postergación de la maternidad y la posibilidad de no tener hijos, en redes sociales también ganan visibilidad figuras asociadas a modelos familiares más tradicionales, como las llamadas tradwives (mujeres que promueven en las redes sociales un estilo de vida basado en los roles de género de los años 50 y 60).
Para Mociulsky, no necesariamente se trata de dos posiciones enfrentadas, sino de distintas respuestas frente a una misma incertidumbre. “La nostalgia no es por el pasado real sino por lo que prometía contención y seguridad. No es que extrañen ocuparse de las tareas del hogar, sino un contexto familiar presente, no estar solas para la crianza, o no vivir la decisión con tanta incertidumbre”, señaló.
En este sentido, muchas mujeres buscan combinar autonomía, trabajo y vínculos familiares, pero sin resignar tiempo para criar ni cargar individualmente con las tareas de cuidado. La aparente contradicción también puede convivir dentro de una misma persona porque una mujer puede priorizar su carrera, postergar la maternidad o, incluso, decidir no tener hijos y, al mismo tiempo, sentirse atraída por una representación más tradicional de la familia.