Cualquiera sea nuestra ideología, nuestra posición partidaria, debemos poner por delante ineludiblemente como garantía la bandera de la decencia y una palabra olvidada en la política: integridad.
El problema, en última instancia, es resignarnos a la idea que la corrupción puede pasearse enseñoreada por Pinamar. Si aceptamos esto no hay ciudad. No hay república. No hay futuro.
Lo que reclamamos para nuestra ciudad puede parecer para muchos difícil de alcanzar, pero no es así.
Ciudadanos corrientes como nosotros tenemos la responsabilidad de no someternos, empezar con algo que es nada más ni nada menos que reabrir la discusión ético-política para terminar con gobernanzas que son un agravio público. Es por Pinamar y también por nuestras familias.