El Instituto para los Desafíos Urbanos Futuros (IDUF) realizó un análisis sobre la situación de la cultura en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA). Según el informe, hay dos fenómenos centrales para entender la crisis: la convergencia digital y la falta de políticas públicas.
Para el IDUF, hay un proceso de transformación profunda en los modelos de producción, distribución y consumo cultural que está reconfigurando la estructura económica y laboral del sector. Señalan que las plataformas de streaming se convirtieron en el nuevo centro de gravedad del audiovisual porteño: los USD 144 millones anuales que gastan los porteños en suscripciones representan 3,5 veces la recaudación anual de cine en CABA. El dinero está, pero se va; no se reinvierte en la economía cultural.
Esta dinámica revela que el consumo local de contenidos audiovisuales crece, pero el valor generado se dirige a corporaciones globales de la tecnología, mientras la producción nacional enfrenta limitaciones presupuestarias. En el empleo, esta transformación es visible en la caída de la industria editorial, que pasó de representar el 43% del empleo cultural en 1996 a solo el 16% en 2024, mientras la publicidad se consolidó como sector dominante con (42% de los puestos). Sin embargo, la crisis del modelo de monetización digital impulsó un resurgimiento de las artes escénicas, donde la música en vivo se convirtió en la principal fuente de ingresos para los artistas.
"Cuando una sociedad invierte en cultura, amplía derechos, estimula la participación ciudadana y mejora la calidad de vida de las personas", dice la productora de cine y TV Vanesa Ragone
El informe también señala que la falta de políticas públicas agrava esta situación. El Estado porteño redujo a la mitad su compromiso presupuestario con la cultura: pasó del 3,4% del presupuesto total en 2013 al 1,7% en 2024, lo que representa una caída real del 35% en términos constantes durante los últimos diez años. Los intentos de compensar esta caída mediante mecenazgo privado no funcionaron: apenas alcanzaron el 0,2% del presupuesto total en sus mejores años.
A nivel regulatorio, la ausencia de cuotas de pantalla o mecanismos de fomento a la producción nacional en las plataformas globales contrasta con las regulaciones históricas para el cine y la televisión. Estas corporaciones operan en un vacío regulatorio que permite la libre circulación de contenidos sin contrapartidas para la producción local. El resultado es una pérdida de potencia del motor económico cultural: aunque el sector sigue explicando el 2,2% del valor agregado bruto de CABA, la tendencia es descendente.
Vanesa Ragone, productora y directora de cine y televisión, entiende que “la cultura no es un lujo ni un complemento del desarrollo para una sociedad: es una de sus dimensiones esenciales", plantea a El Auditor.info. Y completa: "A través de la cultura construimos identidad, memoria, sentido de pertenencia y herramientas para comprender el mundo que habitamos. También es un espacio de encuentro y de diálogo entre distintas miradas, algo especialmente valioso en sociedades cada vez más fragmentadas. Cuando una sociedad invierte en cultura, no solo fomenta la creación artística; también amplía derechos, estimula la participación ciudadana y mejora la calidad de vida de las personas”.
Para el productor televisivo Gustavo Gleser, "es lógico que la gente se vuelque a producciones internacionales ante la falta de oferta de producciones locales por ausencia de financiación y presupuesto"
Ragone también considera que “las políticas públicas culturales son las que permiten que el acceso a la cultura no dependa exclusivamente del mercado ni de las posibilidades económicas de cada individuo. El rol del Estado es garantizar diversidad, federalismo y acceso, creando las condiciones para que distintas expresiones culturales puedan existir y desarrollarse. Esto implica sostener instituciones, fomentar la formación, preservar el patrimonio y acompañar a los sectores creativos". "No se trata de reemplazar a la iniciativa privada -aclara-, sino de aportar en la construcción de un ecosistema donde convivan distintas formas de producción y donde las voces menos concentradas también tengan oportunidades de expresarse. La cultura genera valor simbólico, pero también valor económico y empleo; por eso requiere políticas sostenidas en el tiempo”.
Gustavo Gleser, productor de televisión y docente de la UBA, entiende que "es lógico que la gente se vuelque a producciones internacionales ante la falta de oferta de producciones locales por ausencia de financiación y presupuesto. Las políticas públicas y, en general, el Estado tienen que controlar que el financiamiento sea repartido de forma adecuada; la idea es impulsar sobre todo a las pequeñas producciones y lograr una representación más amplia y, a su vez, un mercado más grande".
Las industrias culturales representan el 1,8% de la actividad económica, según el Sistema de Información Cultural de la Argentina (SINCA), el INDEC y el Consejo Federal de Inversiones (CFI). El sector audiovisual genera más de 95.000 puestos de trabajo y cada rodaje moviliza rubros como gastronomía, turismo, hotelería, técnica y transporte, entre otros. En la cadena de valor eso impacta en el 5,2% del Producto Bruto Interno (PBI) nacional.
El sector que más vende fuera del país es el editorial, con más de $21.000 millones al año, y aporta el 22% del valor agregado. Las artes escénicas generan 21.000 puestos de trabajo en 2.500 salas en todo el país. Por su parte, la danza posee más de mil espacios de formación con 12.500 inscriptos en las carreras de danza de todo el país, conviviendo con 50 elencos estables públicos y más de 500 compañías independientes. La música, en tanto, impulsa a sectores como el turismo, la gastronomía y el audiovisual: cada festival multiplica el consumo durante los eventos y genera más de 15.000 puestos de trabajo.