.- Las condiciones de vida de los jóvenes argentinos no son homogéneas: la posición socioeconómica del hogar define de manera contundente sus trayectorias educativas, laborales y su bienestar psicosocial. Así lo revela un informe elaborado por Agustín Salvia, Eduardo Donza y Miranda Correa, con la colaboración de Fernanda Acuña, a partir de datos de la Encuesta de la Deuda Social Argentina (EDSA-UCA), que analizó el período 2021-2025.
Los números son elocuentes. A nivel general, el 39,6% de los jóvenes de 18 a 25 años no completó la educación secundaria obligatoria, y solo el 32,4% asiste o finalizó estudios superiores. Sin embargo, detrás de esos promedios se esconden realidades opuestas: en el estrato medio alto, el 69% inició o completó estudios superiores, mientras que en el estrato muy bajo el 64,7% no logró terminar la escolaridad obligatoria.
La brecha se profundiza en el ámbito laboral. Uno de cada cinco jóvenes (20,7%) no estudia ni trabaja, pero esa proporción se dispara al 34,2% en el sector más desfavorecido y cae al 8,3% en el medio alto. El empleo pleno de derechos es una excepción: solo el 14,2% de los jóvenes accede a un trabajo protegido. El empleo regular disminuye del 38,9% en el estrato medio alto al 19,7% en el muy bajo, mientras crecen la precariedad y el desempleo prolongado.
Las condiciones laborales del hogar también inciden directamente en las posibilidades de estudio. Entre los jóvenes de estratos bajos, la posibilidad de dedicarse exclusivamente a estudiar cae del 27% al 16,5% cuando el jefe de hogar pasa de un empleo pleno al subempleo o al desempleo. Incluso con un empleo pleno, la desventaja persiste: la desvinculación alcanza el 24,4%.
Las desigualdades no se limitan a lo educativo y laboral. El malestar psicológico afecta al 15,5% de los jóvenes del estrato medio alto, pero trepa al 28,5% en el muy bajo. La ausencia de vínculos de amistad pasa del 1,7% al 15,7%, y la violencia de género declarada entre las jóvenes se multiplica del 6,2% al 19,4% entre ambos extremos.
El informe concluye que ninguna de estas brechas puede atribuirse únicamente a las decisiones individuales de los jóvenes. Las trayectorias observadas expresan desigualdades estructurales en los recursos y en las oportunidades disponibles para ellos y sus hogares, lo que coloca al hogar como un eje central para el diseño de cualquier política de inclusión juvenil
