Cada vez nacen menos chicos y, al mismo tiempo, aumenta la cantidad de personas que llegan a edades avanzadas. El fenómeno modifica lentamente la estructura de la población argentina y empieza a plantear preguntas que exceden el sistema jubilatorio. Cómo organizar los cuidados, adaptar el sistema de salud y preparar las ciudades para una sociedad con más adultos mayores son algunos de los desafíos que especialistas y legisladores consideran prioritarios.
"Todos somos seres envejecientes desde que nacemos", resume la médica gerontóloga Romina Rubin. La proyección ayuda a dimensionar el cambio. Hacia 2050, una de cada cuatro personas tendrá más de 50 años, una transformación que obliga a revisar políticas públicas pensadas para una realidad demográfica muy diferente.
Y la problemática también se trasladó al Congreso. Entre los proyectos con estado parlamentario figura una iniciativa presentada por el diputado Esteban Paulón para crear un Sistema Nacional Integral y Federal de Cuidados y Apoyos. La propuesta busca distribuir responsabilidades entre el Estado, las familias, la comunidad y el sector privado, además de profesionalizar las tareas de cuidado y ampliar la infraestructura destinada a personas mayores, personas con discapacidad e infancias.
Un cambio que ya comenzó
Para el demógrafo Rafael Rofman, coautor del libro “La revolución demográfica”, antes de discutir las respuestas conviene entender el origen del fenómeno. "El principal motor ha sido el cambio en la fecundidad", explica. El envejecimiento no responde solamente a que las personas viven más tiempo. También influye la caída sostenida de los nacimientos, que modifica la composición de la población y obliga a repensar distintas áreas del Estado.
Rofman sostiene que uno de los primeros desafíos aparece en el sistema de salud. Durante décadas, gran parte de su organización estuvo orientada a resolver enfermedades agudas, con hospitales preparados para atender una infección, una apendicitis o una emergencia puntual. Pero una sociedad más envejecida requiere otro tipo de respuesta. Enfermedades como el Alzheimer, distintos tipos de cáncer, los problemas cardiovasculares o las dificultades de movilidad necesitan seguimiento permanente, equipos interdisciplinarios y tratamientos que se prolongan durante años. “La guardia del hospital no sirve demasiado para esas enfermedades, porque si yo tengo Alzheimer ¿la guardia qué hace? Lo que necesito es un equipo médico multidisciplinario que me siga”, explica.
El especialista también plantea revisar la forma en que se organizan los cuidados. “Nuestro país tiene desde hace mucho un modelo de cuidados de adultos mayores que consiste en que se ocupe la familia o se interne en un geriátrico”, agrega. Entre ambos extremos existe un amplio espacio para desarrollar apoyos domiciliarios, servicios comunitarios y viviendas adaptadas que permitan conservar la autonomía durante más tiempo.
La misma lógica alcanza a las ciudades. Rampas accesibles, transporte público adecuado y veredas transitables dejan de ser cuestiones menores cuando la cantidad de personas con dificultades de movilidad crece de manera sostenida. Para Rofman, muchas de esas mejoras dependen más de una planificación consistente que de grandes inversiones.
Cuidar antes que asistir
El médico gerontólogo Carlos Presman coincide en que el envejecimiento no puede abordarse únicamente desde la medicina. Las condiciones de vida, asegura, tienen una influencia decisiva sobre la salud durante la vejez.
"La expectativa de vida depende de la carga genética, de las enfermedades y de las condiciones de vida", explica Presman. Y agrega: "Acceder a medicamentos, contar con una vivienda adecuada, mantener una buena alimentación y recibir atención médica oportuna forman parte de ese escenario sobre el que las políticas públicas pueden intervenir”.
El gerontólogo explica que cerca de dos tercios de las personas mayores de 65 años mantienen un buen estado de salud. Por eso considera que las políticas deberían concentrarse en sostener esa autonomía y prevenir el deterioro antes que actuar solamente cuando aparece la dependencia. La mayoría no necesita una residencia permanente, sino apoyos puntuales que le permitan conservar su autonomía durante el mayor tiempo posible.
En ese grupo aparecen situaciones muy diversas: personas que requieren asistencia para hacer las compras, otras que necesitan rehabilitación después de una caída, quienes conviven con un deterioro cognitivo leve o aquellos que necesitan controles médicos frecuentes por enfermedades crónicas. "Hay que orientar las políticas públicas para prevenir estas patologías y, cuando aparecen, contenerlas y acompañarlas", sostiene el especialista.
Ese enfoque también supone ampliar la mirada sobre quién cuida. En la práctica, buena parte de esa responsabilidad sigue recayendo sobre las familias y, particularmente, sobre las mujeres. Cuando esa red no alcanza, la institucionalización suele convertirse en la única alternativa disponible. Entre ambos extremos, los especialistas consultados por ElAuditor.info coinciden en que todavía existe un amplio margen para desarrollar dispositivos comunitarios, servicios domiciliarios y espacios intermedios que permitan sostener la independencia de muchas personas mayores.
Esa necesidad aparece reflejada en el proyecto de Sistema Nacional Integral y Federal de Cuidados que continúa en tratamiento parlamentario. La iniciativa propone organizar una red de servicios con alcance federal, promover la formación de cuidadores, coordinar las responsabilidades entre los distintos niveles del Estado y garantizar recursos para ampliar la infraestructura destinada al cuidado. Más allá de su futuro legislativo, el texto incorpora una discusión que hasta hace pocos años ocupaba un lugar marginal en el debate público.
