Pese a la rapidez con que escaló el conflicto, nadie sabe realmente los motivos que causaron su estallido el sábado 28 de febrero. Justo el día anterior, las conversaciones indirectas entre Estados Unidos e Irán en Omán generaban reportes optimistas. Y luego las declaraciones tanto de Donald Trump como de sus altos mandos, no condujeron sino a una confusión creciente sobre los objetivos de la operación.
Por supuesto, como coinciden analistas, las tensiones entre los dos países han venido creciendo en las últimas décadas. Por ejemplo, la politóloga Carla Norrlöf sostiene en la revista Política Exterior que esta guerra es la culminación de una serie de dinámicas geopolíticas que fueron reduciendo progresivamente las alternativas diplomáticas.
De hecho, en su primera presidencia, Trump retiró a Estados Unidos del acuerdo nuclear firmado con Irán en 2015 y endureció las sanciones económicas, lo que redujo el margen de negociación. Eso condujo a que Irán, liberado de sus obligaciones, retomara su programa nuclear, lo que reforzó la percepción de amenaza en Washington y Tel Aviv. A ello se sumó el viejo proyecto del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu de neutralizar a su mayor enemigo en la región, y sobre todo, de evitar que adquiriera capacidad nuclear.
El periodista y analista de política exterior Mariano Aguirre Ernst encuentra aún más atrás las raíces del enfrentamiento. En eldiario.es escribe que la rivalidad entre Irán y Estados Unidos se remonta a 1953, cuando Washington y Londres impulsaron el derrocamiento del gobierno iraní, que había nacionalizado el petróleo. A cambio, le entregaron todo el poder al sha Mohammad Reza Pahleví, que tras años de gobierno occidentalizante y autoritario, fue expulsado por la revolución islámica en 1979.
Desde entonces, Irán e Israel han mantenido una “guerra de posiciones” marcada por sanciones económicas, confrontaciones indirectas y una disputa permanente por la influencia regional.
Por su parte, Javier Johanning Solís, académico de la Universidad de Costa Rica, menciona como otro posible trasfondo de la guerra el proyecto sionista del Gran Israel, una forma de legitimación religiosa que busca expandir las fronteras de ese país hacia territorios históricos bíblicos, como Egipto, Jordania, Líbano, Siria, Irak y Arabia Saudita. “Esto involucra una desestabilización de los regímenes políticos del Medio Oriente y crea las condiciones para construir ese Gran Estado de Israel. Ahora, la pregunta es cómo lo harán”.
El periodista mexicano Témoris Grecko, que ha realizado importantes trabajos periodísticos en Medio Oriente, coincide con esta hipótesis. El 8 de marzo escribió en su cuenta de X: “El sionismo consideraba el Gran Israel, de Egipto a Irak, un sueño de extremistas que ponía en peligro el Estado. (Pero hoy) A más de dos años de cometer un genocidio y atacar a países de la región sin que nadie los detenga, el proyecto parece realizable. La ofensiva contra Irán pretende asegurar que Israel sea la única potencia de la región. Además, están apropiándose de territorio libanés y sirio: abren el camino para el Gran Israel”.
La guerra también pone bajo la lupa al régimen político iraní, donde a pesar de las amenazas de Trump la Asamblea de Expertos designó a Mojtabá Jameneí, hijo del ayatolá Alí Jameneí, como el nuevo líder supremo. El gobierno de la República Islámica enfrenta tensiones internas importantes derivadas de la situación económica y del disgusto social. “El régimen ha reprimido a su población de forma recurrente, más recientemente a partir de protestas vinculadas al descontento económico, la devaluación de su moneda y la falta de bienestar colectivo”, explica Johanning.
Entre sus muchas explicaciones para justificar la guerra, Trump dijo que se trataba de liberar al pueblo iraní de sus tiránicos gobernantes. Sin embargo, la crítica al sistema político iraní no justifica las acciones militares externas. “Lo que está ocurriendo hoy no es conforme a la Carta de Naciones Unidas ni al derecho internacional humanitario”, advierte Johanning. Encuentra que a Netanyahu la guerra le ofrece una vía para consolidar su gobierno. “Pronto, el Estado de Israel va a elecciones que pueden redefinir completamente el panorama político interno”.
En cuanto a Estados Unidos, Johanning ve que ese país asume el papel de “patrón”, porque el Estado de Israel es el que más fondos de ayuda militar y económica recibe en Medio Oriente. “Estamos hablando de más de 3.000 millones de dólares al año que Estados Unidos le da al Estado de Israel. Tienen joint ventures en temas de empresas tecnológicas y armamentísticas que están muy entrelazadas en la economía israelí”.
Para Óscar Palma, profesor de seguridad internacional de la Universidad del Rosario en Bogotá, los objetivos de la guerra no son claros incluso dentro del propio gobierno de Washington. “Los mismos dirigentes –Donald Trump, Pete Hegseth y Marco Rubio– han dado señales diferentes sobre cuál es la motivación del conflicto, al punto en que hoy estamos discutiendo si realmente Estados Unidos sabe para qué es esta guerra”.
De hecho, han mencionado entre esos objetivos impedir que Irán desarrolle un programa nuclear, aplastar su capacidad militar, debilitar su cooperación con actores armados no estatales en la región, como Hezbolá y los hutíes, y promover la caída del régimen teocrático de los ayatolás. Según Palma, el propio presidente estadounidense sostuvo que buscaba defender los derechos de los iraníes. “Trump habla en la línea de las libertades de los ciudadanos de Irán, y eso pasa definitivamente por el cambio de régimen”, señala.
Lo que se ve más claro es que el momento actual refleja una transformación significativa del orden regional del Oriente Medio. A juicio de Darío Pendzik, director asistente del Centro Simon Wiesenthal para América Latina, el conflicto constituye un episodio “totalmente disruptivo”, comparable por su impacto geopolítico a la caída del Muro de Berlín. “Da la sensación de guerra mundial, pero no lo es”, afirma. Se trata de “un conflicto regional histórico que rompe con lo que se venía dando. Es el acumulado de todo lo que se venía sucediendo que derivó en esto que estamos viviendo ahora”.
Desde Turquía, donde realiza una estancia en la Universidad Técnica de Medio Oriente, en Ankara, Johanning observa que la población turca mantiene una relativa calma. No obstante, el Gobierno muestra preocupaciones concretas: el impacto económico del conflicto, la posibilidad de nuevos flujos migratorios desde Irán y el riesgo de verse arrastrado a la confrontación. “Turquía ya ha dicho que está en contra de cualquier flujo migratorio y que desplegaría sus tropas sobre territorio iraní si fuera necesario para estabilizar la situación en Irán y evitar que reciba flujos migratorios”, comparte.
Y a este lado del mundo…
La guerra ha puesto en el foco la relación entre Irán y algunos países latinoamericanos. En un artículo publicado en la revista Nueva Sociedad, Jean-Jacques Kourliandsky, director del Observatorio de América Latina de la Fundación Jean Jaurès, escribe que durante las últimas dos décadas Teherán fortaleció sus vínculos con varios gobiernos de izquierda. En particular se refiere a Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina, este último antes del ascenso de Javier Milei a la presidencia. El acercamiento fue visible en gestos políticos y acuerdos de cooperación.
Por ejemplo, el entonces presidente iraní Mahmud Ahmadineyad asistió al funeral de Hugo Chávez, a la toma de posesión de Nicolás Maduro y a la reelección del ecuatoriano Rafael Correa. En 2007, Irán comenzó una colaboración estratégica con la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), impulsada por Venezuela. A partir de ese año, se firmaron acuerdos bilaterales que se materializaron en diversas cooperaciones: de armamento con Bolivia y Venezuela, de energía y petróleo con Ecuador y Venezuela, de finanzas con Bolivia, Cuba y Venezuela, así como de inversiones en Bolivia, Nicaragua y Venezuela.
Según Kourliandsky, estos vínculos respondían a un objetivo común: diversificar alianzas internacionales y reducir la dependencia de los centros de poder occidentales, especialmente en contextos de sanciones económicas. “Algunos Estados sometidos a sanciones por parte de países ‘centrales’, ya sea globales, como Cuba y Venezuela, o puntuales como Argentina y la propia Venezuela, intentaron con Irán y otros socios abrir mercados y asegurarse proveedores alternativos, y así recuperar o ampliar una soberanía lesionada”.
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Una lectura similar ofrecía el analista Gabriel Andrade en 2020, cuando advertía que el acercamiento entre Irán y algunos países latinoamericanos podía interpretarse como una estrategia de Teherán para desafiar la influencia de Estados Unidos en su propio hemisferio. Señalaba que la República Islámica tenía “un gran interés en la región, principalmente como una forma de inmiscuirse en el terreno de Washington y prepararse para futuros ataques”, publicó en Middle East Forum. Con la muerte de Chávez, la influencia de Irán en la región no disminuyó. “Teherán aún opera a través de redes de intermediarios, incluyendo el apoyo financiero a proyectos culturales que mantienen actividades subversivas en esos países”. Sin embargo, la llegada al poder de nuevos presidentes más alineados con Washington hace pensar que esa presencia ha disminuido, al menos por los canales oficiales. Eso no excluye que se mantenga en ciertos espacios irregulares, como en Venezuela y el área de la llamada Triple Frontera entre Brasil, Paraguay y Argentina.
Por lo pronto, las consecuencias del conflicto ya se sienten en los mercados energéticos internacionales. En uno de los hechos más sensibles, el régimen iraní bloqueó el estrecho de Ormuz, una de las rutas marítimas más estratégicas del mundo para el transporte de energía. En 2025, por ese paso circulaban en promedio 81 millones de toneladas de gas natural licuado, aproximadamente una quinta parte del suministro mundial. La interrupción en esta ruta afecta especialmente a Europa y Asia, altamente dependientes de estas importaciones.
Más allá de eso, Latinoamérica podría sentir los efectos de la guerra principalmente en cuanto al mercado de materias primas. Un análisis de BNamericas señala que el impacto sería desigual. Países productores de petróleo –como Brasil, Colombia, Venezuela y Ecuador– podrían beneficiarse del aumento de los precios del crudo, lo que mejoraría sus términos de intercambio, fortalecería sus monedas y aliviaría presiones fiscales. En contraste, economías importadoras de energía, como Chile y Perú, enfrentarían “una factura de importación de energía más elevada”, lo que podría deteriorar su posición externa.
Si el conflicto se prolonga, el encarecimiento del petróleo también generaría presiones inflacionarias y obligaría a los bancos centrales de la región a adoptar políticas monetarias más cautelosas. Mientras tanto, “algunos sectores como la infraestructura seguirían siendo atractivos para la inversión por su mayor protección frente a la inflación”, destaca BNamericas.
Hasta el momento, América Latina percibe la guerra en Irán como una amenaza remota, pero eso podría cambiar en cualquier momento. “Está muy concentrada en ciertos actores de la región. No ha habido exigencias particulares de demostrar una posición u otra o realizar cierto acto de cooperación o rechazo”, asegura Palma. No obstante, advierte que “si el escenario se alarga, si las consecuencias son más profundas, puede que Estados Unidos sí espere una acción por parte de los países de América Latina”. Una consideración preocupante dado el acercamiento de Donald Trump con algunos presidentes afines, que acordaron en Miami constituir un “Escudo de las Américas”. En ese escenario, ¿en qué quedan países como Brasil, México y Colombia, que no fueron invitados y que se han expresado por el cese de las acciones militares en Medio Oriente?
